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Terra
La Coctelera

lughnasad

31 Enero 2011

LA PAZ DE KAHN

 

 

 

Estos días mi hija ha estado muy atareada -e ilusionada, todo hay que decirlo- aprendiendo la canción que, junto con sus compañeritos de clase, entonarían en la marcha organizada por su cole para celebrar el día de la paz.  A sus 7 años ya le han hablado de Gandhi, incluso de la simbología del "Imagine" de Lennon, pero probablemente en ningún libro de texto mencionarán a uno de los más firmes creyentes en la idea de que la paz entre los pueblos era posible: Albert Kahn. Y para eso estoy yo... Un día le hablaré de este banquero judío, utópico y multimillonario que, a principios del s. XX, empleó su inmensa fortuna en sufragar los viajes a más de 50 países del mundo de un equipo de fotógrafos que captaran escenas de la vida cotidiana, tradiciones culturales, ceremonias religiosas... Convencido del derecho de cada pueblo a mantener su propia idiosincrasia, sus tradiciones y cultura, de que la pluralidad de realidades no tenía que estar reñida con la unión entre los hombres, pensaba que difundir estas realidades conduciría a un mayor conocimiento y, en consecuencia, comprensión entre naciones, y que si podíamos ver y entender a nuestros vecinos llegaríamos a considerarlos nuestros iguales y así terminar definitivamente con el odio, el miedo, el rechazo y todo lo que constituyen los pilares de las guerras.

No hace falta decir que este filántropo visionario e idealista no consiguió realizar su sueño, pero sí nos dejó una colección de  filmaciones y fotografías en autocromo, el primer sistema de color, que constituyen todo un legado para la humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Yo las miro de vez en cuando, y las disfruto enormemente, y no solo por puro placer estético o por el placer que me proporciona la foto como sucedáneo de uno de mis iconos más queridos y más utópicos (al menos por ahora), que es el túnel del tiempo, el viaje al pasado. No existen ya las personas que protagonizan esas imágenes, ni tampoco elementos mucho menos efímeros que la vida humana, como edificios y paisajes, destruidos la mayoría de los primeros, ya urbanizados algunos de los segundos. Tampoco muchas de las costumbres y modos de vida que  muestra el equipo de fotógrafos de Kahn. Otras personas, otros edificios, otros paisajes, otros modus vivendi han tomado ya el relevo de estos, cada ciclo vital comienza y termina para que otro pueda tomar su lugar, y así, cada uno de nosotros, cada cosa, tiene sentido y objeto en el marco de un ciclo superior, inmutable, puede que eterno... hasta donde lleguen los límites de la eternidad. Comprender el sentido de la mortalidad siempre es una forma de templar, de casi conformar, el anhelo de trascendencia de los seres humanos, aun para quienes no lo poseemos en absoluto pero no obviamos el absurdo y la crueldad de la posibilidad de que quizás nunca se vea satisfecho.

 Y sin embargo, contemplando la obra de Kahn uno termina por intuir que esa mortalidad que tanto nos aterra no constituye un absoluto, se termina por ver literalidad en expresiones como "inmortalizar en una foto" o "plasmar para la posteridad". Incluso en el miedo de los miembros de algunas tribus africanas a perder su alma si los retratan. Las cámaras que capturaron los rostros que en esas fotos miramos y nos miran, los edificios que ante nosotros se yerguen o se desmoronan, los paisajes que exhiben su esplendor o su desolación, congelaron en una imagen un momento que una vez estuvo vivo, perpetuaron ese momento, esas personas, esos objetos, y con ello cumplen una de las aspiraciones más antiguas del hombre: hacerle una finta al tiempo, engañarlo y así trascenderlo. Lo representado en una foto es un instante robado al olvido, salvado de la muerte. Fotografiar durante un viaje, como hicieron los hombres de Kahn, captar el lugar por el que se estuvo de paso, las personas, objetos y las impresiones recibidas y llevarse todo eso consigo es alterar el tiempo y el espacio,  es apresar para siempre en los negativos la vida de cuanto se pone a tiro de cámara y, con ello, burlar la mortalidad inherente a todo lo creado por Dios o por el hombre, y, por supuesto, al hombre mismo. En las paredes del presente y del futuro quedarán siempre colgadas estas instantáneas del pasado en las que personas de todas las partes del mundo continúan viviendo, mirando, sonriendo, afanándose en su devenir diario o simplemente dejándose quietamente capturar por la cámara, instantáneas en las que se reflejan el trabajo, el dolor, el sufrimiento, la desesperación, la esperanza, el miedo, la inocencia... El alma de la humanidad. Todo lo que hace hombre al hombre independientemente de lugares y épocas, todo lo que nos une, todo lo que perdura, que en definitiva es todo aquello en lo que, probablemente, consista la inmortalidad.

Cuando miro estas fotos se abren paso entre los recovecos de mi memoria las últimas palabras de la novela de Mika Waltari "Sinuhé el egipcio",  y es en entonces cuando con más fuerza se convierten en mi auténtico credo.

 "Yo, Sinuhé, soy un hombre y como tal he vivido en todos los que han existido antes que yo y viviré en todos los que existan después de mí. Viviré en las risas y en las lágrimas de los hombres, en sus pesares, en sus temores, en su bondad, en su maldad, en su debilidad y en su fuerza. Como hombre viviré eternamente en el hombre y por esa razón no necesito ofrendas sobre mi tumba ni inmortalidad para mi nombre."

 

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10 Diciembre 2010

ATEMPORALIDAD

 

Cada minuto cuenta, cada día que pasa se ha ido para siempre y no se recuperará. El tiempo es oro, dicen, como oro lo valoramos y como a oro lo perseguimos, perseguidos a nuestra vez por las agujas del reloj. Quizás este domingo pude haber hecho algo que realmente mereciera la pena, algo que marcar en rojo en el calendario de mi vida, pero no ha sido así. La semana ha estado más ajetreada de lo normal, y hoy el cuerpo, quizás en un intento de recuperar sueño atrasado, pide cama. Tan tarde nos levantamos que, cuando han llegado mis amigas a recoger a la niña para llevarla a la casa del campo a pasar el día con sus hijos, nos han encontrado aún en bata y pijama. El cielo amaneció gris, hecho uno con un mar ceniciento, sombrío y colérico; el viento - frío y húmedo - viene tirando fuerte de nubes negras preñadas de amenaza de lluvia. Es de esos días en que apetece quedarse en casa, y con esa intención continuamos desde que abrimos los ojos.

En cuanto han desaparecido por las puertas niños y adultos la casa se queda en silencio, pareciera que suspirase aliviada por la tranquilidad y nos pidiese a nosotros dos no alterarla. Casi nos llegamos a sentir malos padres cuando, al unísono, exclamamos: “¡¡Libres!!” Pero la sensación de culpa apenas dura unos instantes; nos merecemos un poquito de relax de vez en cuando, y hacía tanto que no lo teníamos....

Aún no hemos desayunado, y eso que se acerca ya la 1 de la tarde, aunque la aguja corta del reloj del salón señala las 2. Desde que me levanté, cada vez que lo he mirado tenía que recordar que estaba una hora adelantado, y el saber que contaba con esa hora más de la que marcaba, que era mía,  me producía la eufórica sensación de ser yo la dueña del tiempo, del reloj, no ellos de mí, como de costumbre. Y decidí convertir el resto del día en un magma absolutamente atemporal, en el que solo marcaran pautas las apetencias que nos fueran surgiendo. Hoy no habrá horarios porque no habrá obligaciones, nada que planificar, ni priorizar, ni objetivos que cumplir, nada que no se pueda posponer para mañana o pasado… Ni siquiera la regularidad en comidas y hábitos que impone el que haya una niña pequeña en casa. Una tostada con queso y un café constituyen un buen desayuno, pero si añades una fruta y un yogur ya has almorzado. Más o menos, ¿no…? Nos apoltronamos en el sofá, frente a la tele, bien arropados por la falda de la camilla, al calor del braserito que desafía al viento malhumorado y gris que sopla fuera, y dispuestos a ver cuantos episodios de series y películas grabados en un pen drive nos aguantase el cuerpo, a comer cuando hubiese ganas, sin reglar las comidas, sin encender la vitro. ¡A la porra la dieta! La cafetera está llena, el frutero rebosa, siempre se puede hacer un sándwich rápido, incluso unas palomitas en el microondas. ¿Qué mejor acompañamiento para una sesión maratoniana de cine…?

Las horas van pasando lentas (o ni siquiera pasan, no sé), fundidas con las escenas que desfilan por el televisor, con nuestros comentarios sobre ellas o sobre cómo  estará  la niña, o sobre lo gustoso de no hacer nada. Bueno, exactamente nada no… La superficie de la camilla está llena de pequeños tornillos de un viejo portátil que él, incapaz de hacer una sola cosa a la vez, ha desmontado para arreglarlo mientras ve - o más bien escucha -  la peli.

Un relámpago seguido de un fuerte trueno nos da la excusa perfecta para  apagar la tele. Ya apetecía… Salimos a la terraza a contemplar la tormenta y la lluvia recia que azota edificios, mar, las palmeras que pespuntean el Paseo Marítimo. Ay, la niña... Llamamos a nuestras amigas y nos dicen que está en el porche acristalado, contemplando entusiasmada el temporal, ni siquiera quiere ponerse al teléfono por no perderse nada del espectáculo. La traerán de vuelta cuando la lluvia amaine.

En mitad del aparato eléctrico desatado, un rayo se recorta contra el fosco cielo. Zeus continúa poseyendo su rayo... Y pienso que todo está bien. Y si ahí arriba todo está bien, aquí abajo también.

Ahora que empieza a declinar el día, a duras penas entre el parloteo incesante de la niña se abre paso en mi mente la sensación de que sí he hecho algo que merezca la pena ser marcado en rojo en el calendario de mi vida: no hacer nada, eso que llaman los italianos el "dolce far niente", perder el tiempo a conciencia, ser yo la dueña del tiempo y no él de mí.

 

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24 Noviembre 2010

TURISMO RURAL

 

 

  

 

A todos nos llegan al correo archivos adjuntos. Unos nos hacen pensar, otros nos hacen reír... Y uno de los que más sonrisas me ha arrancado últimamente es este que transcribo a continuación. Me lo hizo recordar una muy buena amiga que poco tiempo atrás estuvo en uno de estos pueblos con encanto, y me hizo reír con sus vicisitudes más aún que este archivo. Se lo dedico particularmente a ella con todo mi cariño.

  

El turismo rural se trata de un deporte nacional que antes se llamaba "ir al pueblo". La diferencia es que si vas a tu pueblo es gratis, y si haces turismo rural vas a un pueblo que no es tuyo y pagando una pasta.

Para hacer turismo rural no vale cualquier pueblo. Tiene que ser un pueblo "con encanto". ¿Y qué es un pueblo "con encanto"? Pues un pueblo que sale en una Guía de pueblos "con encanto". Si es que se cae por su propio peso...

A estos pueblos se suele llegar a través de una carretera comarcal "con encanto'" que es una carretera con tantos baches y tantas curvas que cuando llegas al pueblo estás "encantao" de bajarte.

Y cuando entras al bar intentas integrarte con los vecinos.

- ¡¡¡Buenos días, paisanos!!! ¿Qué es lo típico de aquí?

Y el del bar piensa: 'Pues aquí lo típico es que vengan los gilipollas de la ciudad los fines de semana a dejarse más de mil euros'.

Lo siguiente es alojarse en una casa rural o "casa con encanto" que es una casa adornada con muchas vasijas y ristras de ajos en el techo, que no tiene ni tele, ni radio, ni microondas.

Eso sí, tiene unos mosquitos trompeteros que por la noche hacen más ruido que una Derbi Coyote.

Luego te das cuenta de que los del pueblo viven en unas casas que no tienen ningún encanto, pero tienen jacuzzi, parabólica, Internet y portero automático.

Tu casa no tiene portero automático, pero tiene una llave que pesa medio kilo.

Otra ventaja que tiene hacer turismo rural es que puedes elegir entre una casa vacía o vivir con los dueños. Estupendo. Te vas de vacaciones y además de la tuya tienes que aguantar una familia postiza. Que por la noche tú quieres ver la película, ellos los documentales, y te planteas: "¿Quién manda más, yo que he pagado 600 euros o este señor que vive aquí?"

Pues gana él, que tiene garrote.

Y encima te dicen que tienes la "posibilidad de integrarte en las labores del campo". Que quiere decir que te despiertan a las cinco de la mañana para ordeñar a una vaca. ¿No te fastidia? Es como si te vas a una gasolinera y te tienes que poner tú la gasolina, o como si vas a un McDonalds y tienes que recoger tú la bandeja. O sea, lo normal.

 

 Así que te levantas a las cinco para ordeñar a las vacas.

Que digo yo: ¿por qué hay que ordeñar a las vacas tan temprano? Si la leche está ahí... ¿No se pueden ordeñar después del aperitivo? Yo creo que esto es fastidiar por fastidiar, porque a la vaca le tiene que sentar como una patada en las ubres que la despierten a las cinco de la mañana para que le toque las tetas un extraño.

Pero el "encanto" definitivo son las "actividades al aire libre". Como cuando te ponen a hacer senderismo, que es lo que habitualmente se llama andar, y consiste, pues eso, en poner un pie delante de otro hasta que no puedas más, mientras los del pueblo te adelantan en un '"odoterreno" con aire acondicionado..

Pero tú encantado. Vas por el campo como abducido. Te vuelves bucólico y todo te parece impresionante, ves una 'caca' de vaca y sueltas: "Ummmmmh qué olor a pueblo.'" ¿A pueblo? A pueblo no, huele a mierda. Eso sí, a mierda "con encanto".

Y todo, sea lo que sea, te sabe a gloria: en el mesón te ponen dos huevos fritos con chorizo y tú en tu ciudad no te comes estos huevos, ni estos chorizos. Y le dices al camarero:

- Oiga ¿a qué este chorizo es de matanza?

- Pues casi, porque a punto estuvo de matarse en la curva el del camión de Campofrío.

De repente oyes unas campanadas y dices:

-¡ Aaah! ¡Qué paz...! No hay nada como el sonido de una campana.

Y el del bar te dice:

- ¡Pero si está grabado! ¿No ves el altavoz del campanario?

En ese momento te preguntas si los sonidos de las gallinas y de los grillos no vendrán en un CD: "Rural Mix2005", "Los 101 Mayores Éxitos campestres."

De lo único que estás seguro es de que los mosquitos trompeteros son de verdad.

Yo creo que, de lunes a viernes, la gente de estos pueblos vive como todo el mundo, pero el fin de semana distribuyen por la carretera a unos tíos disfrazados de pastores y cuando ven que se acerca un coche, avisan a los del pueblo con el móvil:

- ¡Eh, que vienen los del turismo rural!

Y cambian el cartel de "Videoclub" por el de "Tasca", sueltan unos perros cojos por las calles y sientan a la entrada del pueblo a dos abuelos haciendo alpargatas, que luego te compras unas y te salen más caras que unas Nike.

En fin, yo creo que un montaje tan grande como éste no puede ser obra de personas aisladas. Estoy seguro de que están implicadas las autoridades.

Me imagino al alcalde...

- Queridos paisanos, este verano, para incrementar el turismo, vamos a importar más mosquitos del Amazonas, que el año pasado tuvieron mucho éxito. Y quiero ver a todo el mundo con boina, nada de gorritas de Marlboro. ¡Y haced el favor de pintaros el entrecejo, que no parecéis de pueblo! Y las abuelas nada de top less en el río, que espantáis a los mosquitos... Ah, y por cierto: este año no hace falta que nadie haga de tonto del pueblo. ¡Con los que vienen de fuera ya vale!

 

 

 

 

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15 Noviembre 2010

LA MEMORIA INMUTABLE

 "Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha ".

 Autorretrato. Prólogo de las Novelas ejemplares. Miguel de Cervantes

 

 "Hombre de bien nacido para el mal, que ha tenido siempre y tiene, así en la corte como fuera de ella, muy grandes cargos de conciencia, dando de todos muy buenas cuentas pero no rezándolas; ordenado de corona pero no de vida...corto de vista, como de ventura; hombre dado al diablo, prestado al mundo y encomendado a la carne; rasgado de ojos y de conciencia..falto de pies y de juicio."

 Autorretrato. Memorial a una academia. Francisco de Quevedo.

  

Siempre me gustó ahondar en la vida de los escritores. Me interesaba tanto como la obra, porque jamás se puede entender ésta del todo sin conocer  la personalidad y motivaciones de su autor, el pensamiento de la época que los vio nacer, si no tienes presente que fueron hombres tan de carne y hueso como tú y como yo. Y yo intentaba ponerles la carne y el hueso, un rostro, expresión, no leer sus biografías como un simple relato, sino contextualizarlas en el mundo que les tocó, comprender cómo lo vivieron, cómo sintieron.... Y entender a esas personas antes que a esos autores.

  Es curioso, hace unos años  habría podido contar al detalle la vida y milagros de todos los clásicos españoles y la de muchos europeos y americanos; hoy solo me quedan tan presentes como ayer  Cervantes y  Quevedo. Me desaparecen las cosas de la memoria como si ésta fuese casa donde hay una mala criada; a veces solo queda de esas cosas la huella del sitio que ocuparon, como un paréntesis en el polvo que cubre la superficie.  Llega un momento en que no estoy segura de nada, un momento en que parte de lo que se almacena aún en mi cerebro parecen ser recuerdos prestados, artífices de una vida paralela a la que de verdad he vivido y, por momentos, mucho más real que la real. Lo que aún no he olvidado es por qué Cervantes y Quevedo no me abandonan, como han ido haciendo casi todos los demás: son los dos que podría haber amado como hombres, no ya como escritores.

 Siempre sentí una inmensa ternura por ese Cervantes de ojos alegres, rubiasco, como a mí me gustan, ni alto ni bajo, que yo soy pequeñita y no necesito más, idealista, soñador, soldado valiente hasta el heroísmo en Lepanto o en su cautiverio en Argel. Carne de deudas, de cárcel,  de murmuraciones, hasta de lástimas, un hombre de esos que no nace con estrella  sino estrellado, cuya sombra proyectada en las paredes no es la de su cuerpo sino la de la mala suerte, que le persigue allá donde va. Habría podido amarle,  sí, con ese amor que es más de madre que de hembra,  casi exento de pasión y sobrado de ternura que muchas mujeres sienten por sus parejas. De esos amores en que cada orgasmo obtenido con el hombre objeto de ellos resulta casi incestuoso.

 Pero a Quevedo lo habría amado con locura, aun tan desgraciado como era físicamente, medio ciego, cojitranco y no muy bien hecho, aun aficionado en exceso a la bebida, fumador  compulsivo y putañero impenitente. Habría amado al gran tímido que intuyo amparado tras el cinismo, el sarcasmo y su merecidamente mala reputación, al hombre sensible que se escudaba en la mordacidad y las procacidades de todo tipo,  al que se erguía, agresivo y mortífero,  en su no mucha estatura de caballero  hasta parecer un gigante cuando en la corte intentaban convertirlo por su poca apostura en bufón enano, en otro bobo de  Coria, a ese que amó al Amor pero nunca pudo amar a ninguna mujer, misántropo y dicen que misógino, atormentado y tormentoso, contradiciente y contradictorio, apasionado en todo, barroco hasta la médula del alma,  o mejor dicho, de sus mil almas, cada una de un color, dotado de una inteligencia excepcional alimentada por la pasión por la lectura de todo tipo -hasta de los malos aprendía, decía él- y el estudio incesante.

  A ese sí lo hubiera amado como una hembra... A Quevedo,  uno de mis amores imposibles, el mayor de mis amores. El más imposible.

 

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21 Mayo 2010

EUSKERA FÁCIL, GADITANO DIFÍCIL

Hablar un mismo idioma nunca es garantía para la totalidad de sus usuarios de poder entenderse correctamente. Cada lengua tiene sus modalidades, y éstas sus particularidades, que a veces llevan a confusiones de todo tipo y calado. Siempre recuerdo la gracia que le hacía a un amigo mío guatemalteco, afincado recientemente en España, oír decir “Suelo ir al trabajo en mi coche”, porque al otro lado del charco “coche” significa “cochino, cerdo”, no “automóvil”, como aquí.... O los comentarios que me hacía una amiga de Nottingham sobre la dificultad de entender el inglés de los galeses, debido principalmente a lo “cerrado” de su acento.

Es éste de la diversidad un fenómeno que afecta a todas las lenguas, y por supuesto, al español. Quizás seamos los andaluces los que presentamos más problemas a la hora de ser entendidos.... El andaluz, o mejor dicho, las diferentes hablas andaluzas, no son un castellano mal hablado, como creen muchos incluso en mi tierra, es simplemente un conjunto de distintas modalidades lingüísticas con rasgos específicos -sobre todo a nivel fónico y semántico- que varían según la zona geográfica de mi extensa comunidad. También es cierto que a veces esas particularidades hasta llegan a complicar en ocasiones la comunicación entre los mismos andaluces de la zona occidental y de la oriental....

Hace un tiempo me llegó al correo electrónico esta  historieta que ilustra con comicidad todo lo dicho, y a la que me he permitido añadir unas notas a pie de página con el fin de aclarar algunos términos a quienes no conozcan Cádiz y sus peculiaridades lingüísticas.

EUSKERA FÁCIL, GADITANO DIFÍCIL


Me llamo Mikel Gorriarán, llevo 15 días en Cádiz y me estoy (o me están) volviendo loco. Os contaré mi historia. Soy investigador privado y he venido a Cádiz a resolver un caso simple, pero la verdad es que cada día que pasa se vuelve más complicado. Tan sólo se trataba de descubrir al amante de la mujer de un alto mandatario vasco; comprenderán ustedes por tanto que no dé su nombre,además porque me debo al secreto profesional.

En principio no tenía muchas pistas. Sólo sabía que el hombre en cuestión era de Cádiz, se llamaba Manuel Ramírez, que trabajaba en el puerto de Cádiz y que le conocían con el alias de "picha". Así que el individuo en cuestión debía de estar bien dotado, ya que además de amante de la mujer del político, eran conocidas sus correrías por el puerto de Bilbao. También usaba otro sobrenombre: "quillo".

Con estas pistas tomé el avión hasta Madrid y allí enlacé con el tren hasta Cádiz. Llegué a la estación, tomé un taxi y mientras iba camino del hotel intenté entablar conversación con el taxista. La cosa quedó en eso, en el intento, porque que yo sepa una conversación es entre dos o más personas, pero el taxista no me daba opción, ya que hablaba por los codos y de modo ininteligible. Lo hacía de forma sumamente apresurada y las pocas palabras que podía cazar al vuelo estaban incompletas.

Quise preguntarle por el puerto, pero sabiendo que su respuesta no la entendería lo dejé para mejor ocasión.

Llegué al hotel Playa Victoria, y como mi interés era buscar al tal Manuel
Ramírez, en un principio consulté la guía telefónica de la ciudad, pero como presumía, aquí había demasiados Ramírez. En mi tierra hubiera sido muy fácil, pero no en ésta, así que opté por buscar pistas en su lugar de trabajo. Salí a la calle y pregunté por el puerto. Un señor muy amable me dijo que lo mejor era coger el autobús de Comes, pero para eso tenía que ir a Cádiz. Aquello me desconcertó. ¿Dónde estaba yo? Empecé a atar cabos. Efectivamente cuando llegué a la terminal de la estación de trenes no ponía Cádiz, sino Cortadura, (1) y además recuerdo que en el trayecto di unas cabezadas y claro, en ese intervalo pudo haber algún enlace, o algo, no sé. Lo cierto es que yo no me encontraba en Cádiz. Pero no debía estar muy lejos. Paré un taxi y con gesto decidido le dije al taxista que me llevara a Cádiz.

Él me contestó: “¿A Cádiz a dónde?”, y le contesté algo enfadado que a Cádiz, joder a Cádiz; de una puta vez quiero llegar a Cádiz. Ya luego el taxista, con mucha paciencia y muy despacito, me explicó que donde yo estaba era Cádiz, pero no era Cádiz. A ver si lo explico bien. Resulta que la gente aquí le llama Cádiz a la parte antigua y desde unas murallas para adelante le llaman Puerta Tierra. No se si lo expliqué bien, pero yo ya lo he entendido.(2)

Llegué por fin a la estación de autobuses de Comes, pedí un billete para el puerto y me subí al autobús correspondiente. El trayecto fue relativamente corto, si acaso 30 minutos, pero la verdad es que yo creía que Cádiz era más pequeño. Sin duda me había informado mal, y además mi trabajo aquí se complicaba puesto que habría que buscar en una ciudad más grande de lo que pensaba. Pero mis sorpresas no habían acabado. Llegado a la estación terminal pregunté por el puerto. Mi interlocutor me miró con mal genio y me dijo que esto era el Puerto. Yo no entendía nada, no veía barcos por ningún sitio...

La verdad es que el hombre tuvo más paciencia que el Santo Job. Me fue explicando poco a poco que aquello era el Puerto de Santa María, pero que por todo el mundo (todo el mundo menos yo) era conocido por el Puerto y además me dijo que eso no era Cádiz, que Cádiz estaba allí enfrente, que el Puerto es un pueblo de Cádiz, y que si lo que quería era ir al puerto de Cádiz que cogiera el vaporcito y me dejaría allí mismo. Total, antes lo de Cádiz, que no era Cádiz, que era Puerta Tierra, y ahora que el Puerto es un pueblo de Cádiz.. Y entonces digo yo, ¿cómo le llaman al puerto, al de los barcos, al puerto de siempre? Subí por fin al que le llaman el Vaporcito del Puerto, que para que lo sepan ustedes no es un barco de vapor. No, porque aquí en Cádiz o donde coño esté ahora, no le llaman a las cosas por su nombre. Sí, le llaman vaporcito, pero en realidad es un barco que va a gasoil. Llegué por fin al puerto de Cádiz, que aquí le llaman el muelle. Una gracia que me ha costado una gran pérdida de tiempo y dinero, que además no sé cómo justificar ante mi cliente, porque me temo que no me va a creer y tampoco quiero darle muchas explicaciones porque seguro que voy a ser objeto de burlas. Bien, obviaré todos estos inconvenientes y pasaré a la acción. De siempre las mejores informaciones se consiguen en los bares, así que me acerqué al bar más próximo al puerto (perdón al muelle) uno que se llama "Lucero" y pedí un tubo (de cerveza, se entiende) pero el camarero no lo entendió. Yo más o menos le expliqué lo que quería, y él, con aire de suficiencia, me dijo: "Ah, usted lo que quiere es un bó". Joder, no sabía yo que también tenían un idioma particular los gaditanos.

Me acomodé en la barra del bar y puse la oreja atenta a lo que allí se cocía. Me acerqué la cerveza a los labios, tomé un trago largo y de pronto escuché la palabra mágica: "Picha". ¡Dios!, por fin la suerte me vino de cara. Casi no podía creérmelo. Me atoré con la cerveza, me puse perdido, pero merecía la pena. Había encontrado a la persona que estaba buscando. Bendita suerte la mía. Con disimulo me acerqué a los dos hombres que charlaban de un tema que no comprendía, pero tenía que ver con la música, con los coros y con un jurado, que por lo visto no tenía ni idea (3). Gente, sin duda muy creyente, aunque mal hablados, eso sí, se escapaban de vez en cuando, demasiado de cuando en cuando, palabras mal sonantes que no creo que deban reproducirse aquí. Pero a mí lo que me interesaba era que uno de ellos fuera el "picha", y para asegurarme que ese era el tipo que buscaba pedí otro "bó" y pegué la oreja a la conversación. Efectivamente, a lo largo de ésta, uno de ellos, un tipo bajito (1'65 no más) moreno, 40 años, delgado, que no tenía ni media bofetada, era llamado constantemente "picha" por su compañero de conversación. Jo, pensé, Dios le da pañuelos a quien no tiene nariz. No sé si lo captan ustedes, porque aquel tipo se estaba trajinando a la mujer de mi cliente y aunque esté mal decirlo porque soy un profesional, es una hembra de bandera. No me extraña que a ese tipo le dijeran el "picha", porque sin duda sería lo único bueno que tendría.

Bueno, bueno, que me desvío de la trama. Había dado con el individuo y eso era lo importante. Esperé tranquilamente a que acabaran la conversación y seguí al "picha" con la idea de abordarlo solo y sin testigos. Y ocurrió un caso hasta ahora inédito en mi dilatada carrera. Se encontró con un amigo suyo y al saludarlo le dijo: ¿qué pasa, "PICHA"?, y el otro le contestó: “Muy bien "picha", ¿y tú?” Sí, efectivamente; había dos individuos con el mismo alias, y a decir verdad este segundo tipo tenía más planta de amante que el escuchimizado de antes, pero en esto de la investigación nunca se puede descartar a ningún sospechoso. Lo malo de todo esto es que ahora tendría que doblar mis esfuerzos y hacer seguimientos alternativos, para comprobar cuál de ellos era el verdadero amante. Opto en principio por seguir a este último ya que lo veo con mejor planta, pero sin descartar, como buen profesional que soy, al tipo escuchimizado. El Individuo toma un autobús y entabla conversación con un conocido suyo al que llama "quillo". ¡Dios! Esto se complica a cada paso. Ahora tengo a dos "pichas" y a un "quillo". Mi instinto de detective me dice que estoy siguiendo una pista falsa. Empezaré de nuevo; así que vuelvo al bar del "muelle" y le pregunto al camarero si conoce a un tal Manuel Ramírez que trabaja en el puerto. Me dice que con esos datos no le suena y que además El Puerto me queda algo lejos. Caigo entonces en la cuenta y rectifico diciéndole que donde trabaja es el "muelle". No cae en quién pueda ser ese tío. Le digo entonces que le conocen con el apodo de "picha" y también con el de "quillo". El tipo del bar se carcajea en mi cara y me aclara que aquí todo el mundo es "picha" y "quillo". La poli, sin duda, aquí lo tiene complicado.

“Te estás luciendo Mikel”, me digo para mí. Otra carcajada... No obstante el camarero me dice que pregunte por "Paco el bigote", que en el muelle es el que contrata a los estibadores. Después de darle todos los datos de que disponía sobre el tal Manuel Ramírez, que según tenía entendido trabajaba en el muelle y que durante seis meses trabajó en el puerto de Bilbao, (lo de los apodos lo omití, porque con el cachondeo del camarero ya tuve bastante) aquel me contestó de mala gana, que ya no trabajaba allí, que según tenía entendido ahora trabajaba en la Residencia. Yo le pregunté que en cuál residencia. Él contestó, con menos ganas que antes, que en cual iba a ser, joé, pues en la Residencia.

Era ya tarde, y como había conseguido bastante información volví al hotel a comer. Lo de la residencia lo dejaría para más tarde. Pensé que era buena idea tomar un pescado para el almuerzo, que aquí lo habría de haber bueno con tanta costa, así que le pregunté al camarero que si tenía pescado. Él me contestó que tenía unas "zapatillas mu fresquitas". A mí sinceramente me importaba un pimiento lo que se calzaba el fulano. Yo lo que quería era comer y además no sabía a que venía aquello de las zapatillas. El tipo me estaba vacilando o tendría a medias una zapatería con algún cuñado y me hacía la propaganda. Obvié el comentario e insistí en lo del pescado, pero el camarero volvió con lo de las zapatillas fresquitas. Puse mala cara y el camarero debió de notarlo, ya que inmediatamente me aclaró que así se le llaman aquí a las doradas. Gente rara esta de Cádiz. No hay Dios que los entienda con lo que corren hablando, las palabras que las pronuncian a medias y para colmo le cambian el nombre a las cosas. Luego dicen que el euskera es difícil. No, euskera fácil, gaditano difícil. Después de una buena siesta reparadora, volví a la faena. Tendría que averiguar a qué residencia en cuestión se refería "Paco el bigote". Deduje sin duda que tenía que ser muy conocida, por la forma con que el susodicho me dijo: " Cuál va ser, joé, pues la residencia". Perspicaz que es uno. En la misma recepción del hotel me dieron la información que necesitaba. La Residencia estaba a cien metros del hotel. Un paseo siempre vendría bien, pero llevaba cierto tiempo andando y no encontré ninguna residencia. Pregunté a un transeúnte y me contestó que la había pasado, que estaba a dos bocacalles. Así que volví sobre mis pasos, pero no encontré ninguna residencia. Volví a preguntar. “ Por favor, ¿ la Residencia?” “Pues eso que tiene usted delante”. “Pero....¡eso es un HOSPITAL!.” “Aquí le decimos la Residencia”, me contestó la señora, y se quedó tan pancha. Y de camino me echó una mirada como diciendo: “Pareces tonto”. Bien, a partir de ahora no volveré a caer en estas artimañas, porque para mí estaba claro que había algún tipo de complot, y entre todos los gaditanos intentaban marearme con nombre equivocados a cosas que solo pueden tener un nombre. Investigué en el hospital y saqué un dato importantísimo: allí trabajaba desde hacía dos meses un tal Manuel Ramírez que estuvo un cierto tiempo en Bilbao, según me confirmó un celador de la Residencia. No pudo decirme su dirección concreta, aunque me dijo que vivía por la Plaza de Toros. Iba, a pesar de la cantidad de datos "incorrectos", cercando al sospechoso. Dar con la Plaza de Toros sería tarea simple. Eso pensé, pero hasta el día de hoy (y llevo quince días aquí) no he conseguido dar con ella. Y tiene que estar ahí, porque una Plaza de Toros es una Plaza de Toros y a eso no le pueden cambiar el nombre. Además a todo el que le pregunto me dice que "dos calles más p´allá" o una "mijita más p´alante". Luego eso confirma mi teoría: hay una Plaza de Toros. Todos me hablan de ella, pero yo no la encuentro. Me estoy o me están volviendo loco.(4) Definitivamente dejo el caso y como dicen aquí, “me guannajo”.(5)

(1) Cortadura es una zona de Cádiz situada casi en las afueras de la ciudad, cerca de la autovía que conduce a uno de sus pueblos, San Fernando. En Cortadura es donde está ubicado el Hotel Playa Victoria, donde se aloja el personaje.

(2) Los gaditanos llaman “Cádiz” solo al casco antiguo de la ciudad, que empieza en los restos que quedan de las antiguas murallas, llamadas “Puertas de Tierra”. Desde esos lienzos de muralla hacia el camino que lleva a San Fernando todo es de construcción relativamente reciente, se denomina “Extramuros”, pero nadie usa esa expresión. Ya se sabe que Cádiz es eso, el casco antiguo, y lo demás.... es lo demás.

(3) Se refiere a los Carnavales de Cádiz, a los concursos de comparsas y chirigotas.

(4) Efectivamente, hubo una plaza de toros en Cádiz... que fue demolida hace más de 30 años..., pero cuya ubicación todo gadita recuerda, y continúa nombrándose aquella zona de la ciudad como la “Plaza de toros”.

(5) “Me largo, me voy....”

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16 Marzo 2010

OTOÑO

 Pasan las 2 de la madrugada. A través de la ventana, en el silencio de las horas dormidas, contemplo la calle negra cargando a cuestas con la noche, los edificios  como muertos que brotan de las entrañas negras de la calle negra. Hace ya muchas semanas que volvió  el otoño a dorar árboles, tal vez a madurarles la fruta de la melancolía. Y mientras hace caer las hojas de los álamos de enfrente, reverdece las amargas de retama, de retama amarga, que crece sobre mis llagas.

 Hay ocasiones en que todo parece haberse convertido en un perpetuo otoño, un otoño de doce meses, de doce años, de doce vidas. En un camino al que un viento inmisericorde  va despojando poco a poco hasta de las hojas que lo cubrían,  solo pobres secas y marchitas hojas que maldito el daño que hacían,  un viento inmisericorde que despoja al camino incluso de la tierra que llevaba puesta  hasta dejarlo desnudo, en piedra viva. Y se me queda la vida como una de esas hojas secas entre las páginas de un libro, de un libro inacabado.

Tu voz parece de otro tiempo,
ya no tiene aquel tono cálido
de antes, ni la complicidad
de siempre, sólo son palabras
y su afecto es ahora discreto:
en tus mensajes ya no hay mensaje.

De "El hilo roto".  Francisco Gálvez

Leo de nuevo el poema, miro a través de la ventana, mi imagen reflejada en el cristal. Y en el centro de este collage de versos,  de noche, de árboles y edificios, de calles vacías,  de sombras que hierven, estoy yo.  Mirando. Mis ojos olfatean el otoño.

Tags: otono, hojas, camino, poema

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3 Marzo 2010

TRES DE MARZO

Pues si vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado...

Jorge Manrique

... aun así hay que contemplar la posibilidad de que lo ido y acabado pueda hacerse presente.

Lughnasad

                                                                                                                             --------------------

Hace días, tantos que parecen eones, que diluvia en nuestra siempre sedienta Andalucía, el cielo ha abierto compuertas y derrama sin cesar sobre nosotros agua bendita. Agua que refresca el aire de estas tierras, un aire que sabe a cenizas amargas, a sequedad, pero también a dátil oscuro, dulce, a aceituna madura preñada de líquido dorado. Es el sabor de mis raíces, de las tuyas, es sabor a sur.

 Las calles están vacías a estas horas en que son ellas mismas,  huelen a  noche, a sosiego, a agua y a hierba mojada, la lluvia no deja de repiquetear  en los cristales de la ventana, haciendo dibujos caprichosos en ellos mientras tararea su melancólica canción, y un perro ladra en la lejanía. La falda de la mesa frente a la que me siento y el braserito que esconde me arropan con su calor, y entre el silencio y la quietud que todo lo envuelve se diría que flota un vago olor a soledad, a tiempo... si no fuera porque estás sentado enfrente de mí. Callado, atareado como siempre. Pero de vez en cuando sacas la cabeza de entre el montón de papeles, apartas la vista del monitor de tu portátil, me miras, me sonríes y me haces un guiño, ese que siempre me hacía reír cuando éramos poco más que unos adolescentes. Y entonces sé que no tengo solo compañía, sino compañero.  Sé que el tiempo es solo una percepción subjetiva, porque hay pasados que se hacen presentes.

 Acabas de hacer ese guiño, y estallo en carcajadas, pero por otro motivo. Horas atrás, cuando bajábamos del coche, ante nosotros se extendía un charco enorme, casi un mar, y me propusiste  cogerme en brazos y llevarme así hasta el portal de casa, como aquella vez, cuando teníamos 20 años... "¿Te acuerdas de aquello?", me decías. Cómo no acordarme...  Había estado lloviendo con desespero, como ahora,  la acera estaba tan anegada que bajaste tú primero del autobús, me cogiste en brazos para que no me mojase los pies y conmigo a cuestas empezaste a andar en dirección a mi casa. Detrás de nosotros resonaban aplausos de algunos de los ocupantes del autobús, divertidos por tu gesto. Fue como escaparse de una película. Y ahora, al cabo de los años, los kilos y las vértebras desgastadas, querías hacer un remake...  Casi tuve que ponerme seria, y terminamos por vadear el charco, claro. Pero también tuvo su encanto... :-)

 Sí, estallo en carcajadas, no solo por tu guiño, pero no te digo el motivo por no entretenerte, aún te queda alguna cosa que hacer y es tarde. Vuelves a enterrar la cabeza entre papeles, y mientras espero a que termines me coloco los auriculares, busco en la carpeta de música y pincho una canción de Serrat que una vez me enviaste. La banda sonora de tus sentimientos. Fuera, la lluvia continúa tamborileando en los cristales, y dentro sigue oliendo a tiempo que, a pesar del tiempo, se ha resistido a marcharse.

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22 Febrero 2010

LA MORTALIDAD DEL HOMBRE

  Los mitos intentan explicar de manera simbólica el lugar que ocupa el hombre en el universo, su relación con él, por qué las cosas son de un modo determinado, su propia historia... Nunca deja de sorprender que, por alejados en geografía e idiosincrasia que estén los pueblos, exista un acervo de arquetipos comunes a casi todos ellos:  el portador del Bien y el del Mal, el conflicto entre ambos, el ser humano proveniente del barro, la divinidad insufladora de su aliento vital... Como muestra, esta leyenda de los Arapahoes que explica por qué los hombres son mortales.

Cuando la nada lo era todo y ninguna cosa  existía,  en la inmensidad del  espacio vivían el Gran Abuelo y su hijo Nihancan. El Gran Abuelo  se aplicaba sin descanso, siglo tras siglo, a extraer las aguas turbias del Universo, ponerlas a secar al sol y moldear luego todo lo necesario para ir poblando el vacío.  En su ardua labor no solo no recibía ayuda de su hijo, que nunca estaba donde se le necesitaba, sino que se la estorbaba con sus juegos necios.

 Un día, trasteando Nihancan con la Pipa sagrada de su Padre, se le escapó de las manos y cayó en las profundidades de las aguas turbias. La Pipa, afligida, lloró noche y día elevando angustiosas plegarias al Gran Abuelo para que no la dejase abandonada en la soledad de aquel lugar oscuro y desconsolado. El corazón del Creador se apiadó, y así, para que tuviese compañía, con el lodo que le fue trayendo la Gran Tortuga del fondo de las aguas empezó a formar todas las cosas que hay sobre la tierra: montañas, ríos, valles, praderas, plantas y animales. Cuando hubo terminado contempló complacido su obra, pero pensó que aún no estaba completa. Así pues decidió crear seres que brindaran mejor compañía a la Pipa, y con  un trozo de arcilla que coció con su mismo aliento, formó al Hombre y a la Mujer india. Satisfecho ante lo que sus ojos veían, les dijo:

 - Os he dado animales para que uséis su carne como alimento, su piel para vestiros, y sus huesos para hacer herramientas, árboles para que os ofrezcan sombra y frutos, y plantas que os darán medicinas. También al sol para calentaros y la luna para iluminar vuestras noches. A cambio, adoraréis y tendréis como consejera a la Sagrada Pipa, y engendraréis muchos hijos con los que poblaréis la faz de la tierra.

 Y entonces, ordenó al Milano que los bajara a las praderas.

 Nihancan preguntó ansioso al Gran Abuelo si los humanos serían inmortales, como ellos dos y la misma Pipa sagrada, y la respuesta afirmativa que recibió le causó un profundo disgusto. No veía legítimo que aquellos seres, al fin simples trozos de arcilla, pudiesen ser equiparados a él, y, obsesionado con aquello,  reconcomido por la rabia y la envidia, no cesaba de insistir a su Padre para que cambiase aquella decisión. Cansado éste de tanta porfía, ideó una estratagema. Le propuso a su hijo arrojar a las aguas el primer objeto que encontrasen, si flotaba los hombres vivirían eternamente, si se hundía serían mortales. Y en cuanto Nihancan desapareció de su vista, desparramó por las riberas de las aguas trocitos de chopo como si fueran guijarros de río, sin saber que estaba siendo observado por el envidioso joven, oculto entre unos matorrales.

 En cuanto el Gran Abuelo se marchó, Nihancan  sustituyó los trocitos de chopo por auténticos guijarros, y se fue a su tienda a esperar la llamada de su Padre. Llegado el momento de la prueba, él mismo se encargó de arrojar una de aquellas piedrecitas a las aguas, y lógicamente se hundió, ante la infinita tristeza del Gran Abuelo.

 El día que murió el primer ser humano los sacerdotes recurrieron a la Sagrada Pipa y al sol, pero ambos respondieron que la palabra del Padre era irrevocable, y que la humanidad sería para siempre mortal. Sin embargo, el Creador prometió al sol que prolongaría cuanto pudiese la vida de los humanos, y que cuando llegase la hora los estaría esperando a la entrada de las Praderas Eternas.

 Por eso los Arapahoes bailan la danza de la Sagrada Pipa para agradecer al astro rey sus beneficios y pedirle que recuerden al Gran Abuelo su promesa.

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