Lughnasad

"Lughnasad" es el nombre gaélico del mes de agosto, y también denomina la fiesta que tenía lugar a primeros de ese mes en honor del dios más importante del panteón celta, Lugh, una divinidad solar. Se celebraba el inicio de la cosecha, que se consagraba a él y a la madre Tierra en unas jornadas que convocaban a clanes de pueblos y aldeas cercanos. En esos días se cocía y repartía el primer pan de la recolecta anual de trigo, se celebraban ferias, juegos, se zanjaban conflictos y restablecían límites, se firmaban contratos y matrimonios...
A principios de agosto estuve en Gales. Hacía mucho tiempo, años, que no salía al extranjero ni creía volver a hacerlo, y a finales de julio me encontré con la sorpresa de unos billetes de avión, un avión que me sacaba del paisaje y paisanaje que las circunstancias de estos últimos tiempos han convertido en mis cuatro paredes habituales y me llevaba a unas tierras a las que me siento fuertemente unida desde siempre. Se trataba solo un viaje de placer, pero sin esperarlo y menos aún buscarlo se convirtió en uno de otro tipo, uno de esos que son obligados en la vida. Por lo general la mayoría de ellos se hacen sin moverse del sillón de casa, pero a veces es necesario irse lejos para poder ver con claridad lo que se tiene cerca, contemplar otros rostros para aprender a distinguir los verdaderos rasgos de los rostros conocidos, mirarte en el espejo de un hotel para reconocer lo que refleja el de casa, vivir de otra manera para entender cómo vive uno a diario, hacer cosas para comprender que hay que perder los miedos, porque se pueden realizar aunque en principio parecieran imposibles y se hubiera renunciado a ellas. Solo fueron seis días, y precisamente, casualmente, los que suele durar la festividad de Lughnasad, aunque en esos momentos no la conocía. Ni había oído hablar de ella... Solo seis días, pero lo suficiente para comenzar a cambiar la mirada.
La cultura celta siempre me ha fascinado, por muchos motivos, y, leyendo acerca de sus dioses, hace muy poquito, me enteré de la existencia de esta celebración. Ahora hay abundante "literatura" en Internet sobre los ritos celtas, están de moda en muchos círculos, entre otros en grupos neopaganos, algunos de los cuales han adoptado estos ritos como vía de canalización de una religiosidad que no sé cómo calificar, si de pintoresca anacronía, snobismo o simplemente de clavo ardiendo al que agarrarse en una sociedad sin valores que no parece caminar a ninguna parte, solo mantenerse como puede a la deriva. Lo cierto es que aunque a veces me hagan sonreír los significados que se les atribuyen a las diversas festividades celtas, en algunos de los que he leído respecto a Lughnasad me ha parecido advertir ciertos paralelismos con mi experiencia galesa, toda una "casualidad poética", que diría un amigo mío. Quién sabe, la imaginación es libre, y la poesía, y la potestad de hacerla formar parte de nuestras vidas también. Se decía en un artículo que Lughnasad, o Lammas, como también se la denomina, es celebración de agradecimiento por lo obtenido del trabajo diario y una época de examen de lo que ha rendido el sol del verano, y, además, de preparación para los meses de invierno, en que la cosecha principal estaba aún por llegar. Hecha la trasposición correspondiente, resultaba que Lammas habría que entenderlo como el tiempo de ver lo bueno que hemos cosechado y lo que deseamos para el futuro.
Lo de menos, creo, es que esa simbología se ajuste o no a la que realmente tenía en la cultura celta. No hemos cesado todavía de transformar y adaptar los mitos ancestrales intentando, hoy como ayer, explicar el mundo, el lugar que en él ocupa el hombre y al hombre mismo, dar respuesta a los interrogantes que continúan desazonándonos. Todos compartimos un paisaje interno poblado por arquetipos mitológicos, alimentado por cuentos, leyendas, incluso símbolos y símiles estandarizados de antiguo como la representación de la vida con las cuatro estaciones del año. Yo también, naturalmente. Y recurriendo a esa metáfora, he de decir que para mí el verano termina su última recta, y tengo por delante la primera del otoño. No es que me hubiese propuesto, ni muchísimo menos, ponerme a hacer cuentas y balances de mi vida pasada y por venir a principios de agosto, y menos en un viaje de placer, no, por Dios, de ninguna manera... Pero la perspectiva que ofrece la distancia hace que, sin buscarlo, lo que se ve desdibujado e incluso ininteligible por la cercanía muchas veces se perfile de repente con absoluta nitidez, y realizar, aunque sea en menor escala que antes, algo a lo que habías renunciado para siempre mucho tiempo atrás lleva a adquirir confianza en que aún son posibles muchas cosas. Y de todo ello, sin casi pretenderlo, se extraen conclusiones, de las que necesariamente devienen propósitos para configurar el futuro de otra manera, de esa en que eliges ser protagonista, y no mero espectador.
Sin saberlo, en aquellos días pasados en tierras celtas tuve mi Lughnasad particular. El verano que pasa su cenit, abriendo puertas al otoño, tiempo de maduración, de cosecha... No con todas las plantas ocurre, claro, algunas dan sus semillas estando plenas de frescura, verdor y lozanía, pero otras, como los cereales, no ofrecen sus simientes, esas tan necesarias para preparar un buen otoño y un mejor invierno, hasta que se han secado. La criba siempre es difícil, tiene su punto de tristeza y nostalgia separar el grano de lo que una vez fue hoja tierna y verde y ahora solo paja, lo mismo que lo tiene admitir que finalizó una etapa en la vida. Quizás por eso los mitos que hablan de ciclos anuales de germinación, crecimiento, formación del fruto, caída y muerte y de nuevo germinación presentan algo de satisfactorio y tranquilizador, una promesa de renovación, de que ningún fin es un final sino un principio de otra cosa. Quizás por eso me gustó descubrir Lughnasad hace unos días, percibir un cierto paralelismo poético con mi propio principio de agosto, y pensar que lo mejor está aún por llegar.




Madeleine de Cubas dijo
Hola querida amiga: Me costó un poco encontrar la casilla para comentar. Pensé que tendría que registrarme.
En fin, creo que estás clara en las reflexiones que haces. Salirse de la rutina, voltear la página, cerrar una etapa y empezar otra con nuevos bríos, con renovados propósitos e ilusiones, sin lamentarse de nada, todo eso es lo que hace más interesante la vida, y nos ayuda a mirar las cosas desde otra perspectiva, a darles un nuevo enfoque que probablemente no se nos hubiera ocurrido si siguiéramos inmersos en la rutina. Es nuestra manera de reinventarnos, de mantenernos en movimiento, de mejorar, de progresar, de crecer, y luego de sentirnos muy satisfechos con nuestros logros. Cómo no va a valer la pena intentarlo con la plena seguridad de que lo mejor está apenas por llegar.
La hermana de una amiga mía, que era bastante ingeniosa y simpática, y que llevaba más años que yo casada, me decía que ya aprendería yo, cómo las "escapadas" de una pareja, el cambiar de panorama, amarse en una cama distinta, que te sirvan el desayuno, etc. obraba maravillas en el ánimo de ella y de su marido. Adopté esta perspectiva y hasta ahora no me he arrepentido. Ella tenía toda la razón. Todo se mira con otra luz, sin duda maravillosa. Besos.
Nota: Es un disfrute siempre leerte. Ya sabes cómo extrañaba tus maravillosos escritos.
16 Noviembre 2009 | 07:47 PM