LA NOCHE
El engranaje jamás cesa de girar, nada se detiene, ni siquiera de noche, en esas horas en que parece que todo se aquieta y aletarga. Pero cuando, pasada la 1 de la madrugada, salgo a la terracita a fumarme el último cigarrillo del día y contemplo las calles desiertas, oliendo solo a oscuridad, a silencio, a sosiego, a noche... recuerdo los versos de Brodsky y me gusta pensar que ésta, como todas y cada una de ellas, John Donne se ha dormido una vez más, y que, con él, todo duerme también. Las cosas y las casas, los animales, los árboles, los vivos y los muertos, los versos, los libros, la gloria, los pecados y el sufrimiento, el bien y el mal, el mar, la verdad, los ángeles, el diablo y hasta Dios. Me gusta pensar que el mundo descansa siquiera unas horas, que antes de volver a la rutina diaria aprovecha la quietud y la calma nocturnas para poner en orden sus pensamientos, para buscarse a la luz de la oscuridad. Y quizás hasta encontrarse.
Hoy todo parece acompañar al poeta inglés en su sueño eterno: la negrura del cielo, sombras apenas cortadas por algún neón o farola y envolviendo fachadas y cuanto abarca la vista, aceras desiertas, soledad y silencio absolutos... No se escucha ni el murmullo lejano de algún coche pasar, ni siquiera se mueve una brizna de aire; se diría que la calle es una imagen fija, un cuadro o una foto, si no fuese por las antojadizas evoluciones del humo ascendente de mi cigarrillo. Pero de repente un saxo de voz rota parece rasgar la noche, despertarla, dotarla de vida y vestirla de magia. Un hombre al que no he visto llegar, apoyado indolentemente en una esquina, deja hablar a su instrumento improvisando unas notas. Las escucho ensimismada, las contemplo expandirse, serpentear por entre los edificios dormidos y ascender hacia el cielo en una escala musical por la que, durante un momento, pienso que me gustaría subir hasta llegar a las estrellas que vislumbro desde mi terraza. Ellas parecen saber algo que nosotros ignoramos, alojar ahí arriba un secreto que daríamos lo que fuera por conocer. Respuestas a algo que es fundamental para nosotros.
Por un instante creo ver entreabrir los ojos a todo, a todos los seres vivos y muertos, a las palabras de todos los libros, a las casas y a las cosas, al bien y al mal, al mar, a la pena, a Dios, el diablo, los ángeles y hasta a John Donne. Los oigo rebullir intentando averiguar de dónde procede esa música que ha conseguido despertarlos, en ningún momento los veo mirar a las estrellas, buscar algo en ellas, solo atienden a ese único signo de vida en la noche: la melodía. La siguen con la mirada clavada en el saxo, en el hombre que, con los ojos cerrados y ajeno al insólito público de esta noche, permite que esas notas se apropien de su instrumento para poder fluir.
Cuando el saxo calla, cuanto hay ante mis ojos vuelve a semejar una imagen fija, un cuadro o una foto. Se ha roto la magia, y hace rato que se consumió el cigarrillo. Sé que aquella música que rompió la noche y el descanso de todo cuanto dormía es una metáfora de algo, pero se me escapan los versos que encierran ese algo. Me gustaría poder aprehenderlos. Pero no.... Y me meto entre las sábanas, esperando poder conciliar pronto el sueño. Una vez leí que éste llega a convertirse en un verdadero "estado poético" a través del cual el artista puede conocer aquello que es inaccesible en el estado de vigilia. Si yo fuese poeta encontraría, como ellos, la posibilidad de sortear en los sueños la realidad ordinaria para adentrarme en un mundo cargado de misterio, de indefinición, de otras verdades, y regresar de él con el Conocimiento y la Palabra. Pero no lo soy, no soy poeta, en los sueños solo vago y me pierdo, incluso cuando los tengo despierta. De la misma manera que me pierdo cuando persigo estrellas. Y además, si he de ser sincera nunca conseguí entender su lenguaje, descifrar las respuestas que esconden.
Por eso cada vez prefiero más la tierra, su tacto, su olor, su contemplación, la seguridad que me da el suelo firme. Me gusta mirar para arriba por las noches, sí, y lo hago casi todas ellas, en realidad no sé para qué, pero lo hago. Después dejo vagar la vista por los edificios que rodean al mío y los jardincitos que tengo delante, los árboles... Y entonces es cuando sé que todo va bien. Ya no busco respuestas a casi nada, pero creo que si alguna he de encontrar está aquí abajo, en la tierra que, más que ver, adivino en la oscuridad.
ELEGIA PARA JOHN DONNE
John Donne se ha dormido, y todo duerme a su lado.
Se han dormido las paredes, el piso, la cama, los cuadros;
se han dormido los tapices, los candados, la mesa, el gancho,
el guardarropa, la alacena, los cortinajes, la bujía.
Duerme todo. La botella, el vaso, las jofainas,
el pan, el cuchillo de pan, las porcelanas, los cristales, la loza,
el candil de la noche, la lencería, las cómodas, los frascos y relojes,
los escalones, las puertas. En todas partes, la noche.
La noche por doquier: en los rincones, en los ojos, en la ropa blanca,
entre los papeles, en el escritorio, en el habla viva,
en sus palabras, en la leña, en las tenazas, en las cenizas
de la chimenea apagada, en cada objeto.
En la levita, los zapatos, las medias; en las sombras
tras el espejo, en la alcoba, en el respaldo del sillón,
de nuevo en la jofaina, en los crucifijos, en las sábanas,
en la escoba a la entrada, en las pantuflas. Todo se ha dormido.
Se ha dormido todo. La ventana. La nieve a través de ella.
La pendiente blanca del tejado vecino. Parece un mantel
su cima. Y todo el barrio se ha sumido en el sueño,
tajado a muerte por el marco de la ventana.
Duermen los arcos, los muros, las ventanas: todo.
Canto rodado, adoquines, rejas, jardines.
No se enciende una sola luz, ni rechina una rueda?
Las verjas, los ornamentos, las cadenas, los postes.
Duermen las puertas, bisagras, picaportes, garfios,
los canceles, los cerrojos con sus llaves, los pasadores.
En ninguna parte se oye susurro, ruido ni golpe.
Sólo la nieve rechina. Duerme todo. Aún falta para que amanezca.
Las cárceles se han dormido, los castillos. Duermen
las balanzas en la pescadería. Duermen los cerdos abiertos en canal.
Las casas, los traspatios. Duermen los perros guardianes.
En los sótanos duermen los gatos, con orejas paradas.
Duermen los ratones y la gente. Londres profundamente duerme.
Duerme el velero en el puerto. El agua con nieve, dormida
cruje bajo su fondo, y a lo lejos se funde con el dormido cielo.
John Donne se ha dormido. Y junto con él, el mar.
La costa caliza se ha dormido sobre el agua.
Toda la isla duerme en los brazos de un mismo sueño.
Cada jardín está afianzado con triple cerradura.
Duermen los arces, pinos, olmos, cedros, abetos.
Duermen las laderas, los arroyos en las cuestas, las sendas.
Duermen los zorros, el lobo. También se ha echado el oso.
La nieve obstruye las entradas a sus guaridas.
También se duermen los pájaros, su canto no se oye.
No se oye el grito de la corneja, es noche, no se oye
la carcajada de la lechuza. La región inglesa está en silencio.
Brilla una estrella. Un ratón avanza con paso cauteloso.
Se ha dormido todo. Todos los muertos yacen
en sus ataúdes. Duermen tranquilos. En sus lechos
duermen los vivos, hundidos en camisones.
Duermen solos. Profundamente. O entre los brazos.
Todo se ha dormido. Duermen los ríos, montes, bosques.
Duermen las bestias, las aves, el mundo vivo y no vivo.
Sólo la blanca nieve vuela desde los cielos nocturnos.
Pero también ahí duermen, por encima de todos.
Duermen los ángeles. Los santos se han olvidado,
dormidos, del mundo azaroso, para su santa vergüenza.
La Gehena duerme, duerme el bello Paraíso.
A esta hora nadie sale de su casa.
El Señor se ha dormido. La tierra quedó enajenada.
No ven los ojos, el oído ya no oye.
También duerme el demonio. Y se durmió a su lado
la discordia, en la nieve de la campiña inglesa.
Duermen los jinetes. Duerme el arcángel con su trompeta.
Duermen los caballos, meciéndose suavemente en los sueños.
Y todos los querubines, en una misma masa, abrazados,
duermen bajo la cúpula de San Pablo.
John Donne se ha dormido. Se han dormido, duermen los versos.
Todas las rimas, las imágenes. No se puede distinguir
las buenas de las fallidas. El vicio, la angustia, los pecados,
callados por igual, reposan en sus sílabas.
Y cada verso es hermano a otro verso: aunque en sueños
musiten uno al otro: hazte un poco a un lado.
Pero las puertas del Paraíso quedan tan lejos a
cualquiera de ellos,
cada uno es tan pobre, denso y puro, que en todos hay unidad.
Duermen todas las líneas. Duerme la rigurosa bóveda de los yambos.
Los troqueos duermen todos como guardianes, a la izquierda, a la derecha.
En ellos reposa la imagen de las aguas del Leteo.
Y detrás de ella duerme profundamente la gloria.
Duermen todas las desgracias. También los sufrimientos se han dormido.
Los vicios duermen. El bien se ha abrazado al mal.
Los vicios duermen. La blancuzca nevada
busca en el espacio alguna mancha negra.
Todo se ha dormido. Duermen profundamente las filas de los libros.
Bajo el hielo del olvido duermen los ríos de palabras.
Duermen todos los discursos, con todas sus verdades.
Duermen sus cadenas. Los eslabones suenan levemente.
Todos duermen profundamente: los santos, Dios, el diablo.
Sus pérfidos sirvientes. Sus hijos. Sus amigos.
La nieve sola susurra por los oscuros caminos.
Y ya no hay sonidos en el mundo entero.
(Joseph Brodsky





Salma dijo
Mañana paso a acurrucarme a la orilla de esta noche y saborearla con calma; a la noche, a la insomne, a la poesía, a Layla, a la poeta, ummmm... una mezcla de sabores y olores embriagadores Lugh...
Achuchón gordo y felices sueños
25 Noviembre 2009 | 08:23 PM