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La Coctelera

lughnasad

8 Febrero 2010

EL RASTRO DE LOS GORRIONES SOBRE LA NIEVE DORADA

 La casa está fría, callada, ha perdido el alma. Hace 20 años, a principios de febrero, se fue su dueño, y ya no pudo volver. Hace unos días, a principios de febrero, también se ha ido su dueña, y parece como si la casa presintiera que seguramente tampoco volverá.  La casa se siente huérfana.

 La hija deambula por las habitaciones. En una se asegura de que la ventana está bien cerrada, en otra  tira de la cisterna, o deja correr un grifo para que las tuberías no se deterioren, y en todas y cada una de ellas paredes, objetos y muebles con las señales del tiempo, como arrugas en rostros humanos, grabadas en sus rozaduras y esquinas desgastadas, le susurran historias que custodian desde hace más de 30 años. En su dormitorio de soltera aún adornan una de las paredes posters de los Beatles, Bob Dylan y Eric Clapton que dibujara ella misma, con más intuición que técnica, cuando era poco más que una quinceañera, recién mudados a aquel piso. Bajo esos dibujos dos guitarras, una clásica y otra acústica, resguardadas en sendas fundas de cuadros -escoceses, cómo no...- . Los dedos de la hija las repasan distraídamente, y el tacto espabila memoria y oído: la voz del silencio entona nítidamente  "Let it be", "Blowing in the wind", "Scarborough fair" y otras canciones, como un eco de las que mucho tiempo atrás quinceañera y guitarra, cómplices, ensayaban en la intimidad de aquella habitación. Cuadernos repletos de cuentos e ilustraciones que su entonces fértil imaginación dictara, unos cuantos óleos pequeñitos que no pueden menos que despertar ahora la sonrisa en su autora, el comediscos regalo de su mejor amiga, muerta hace casi 20 años, discos de vinilo, casi todos con dedicatorias, una vieja caja de lata de bombones en que viven y conviven una envuelta de caramelo, un cigarrillo Fortuna, recortes de prensa de diversos cantantes, tres o cuatro pequeñísimas flores que sobraron de su tocado de novia y que metió en la lata minutos antes de partir para la iglesia, una cajita de fósforos vacía con una petición garabateada en su cara frontal, un poema de amor escrito con caligrafía masculina, filiforme, su tinta ya tan desvaída como el color del papel que le sirviera de soporte, otros tantos papeles cada uno de ellos poseedor de un nombre no escrito... Cerrar la tapa del buró no impide que la traspasen voces, imágenes y paisajes de otros tiempos flotando entre el sepia, la iridiscencia y el tornasol.

 Sobre el escritorio, cinco estanterías atiborradas de libros. La mirada abstraída de la hija se detiene en los lomos de dos de ellos, "Historia de África" e "Historia de Norteamérica", de la colección infantil de Bruguera. Tienen poderes mágicos; el día que el dueño de la casa los trajo envueltos en bonito papel de regalo, cuando ella contaba 12 años, no era su cumple, ni su santo, solo un día en que sufría un fuerte dolor de muelas. La sorpresa consiguió borrárselo como por ensalmo.

 ¡La ventana...! Para eso había entrado en la habitación y casi lo olvida... Sí, está bien cerrada. La hija se encamina hacia el pasillo, ya no queda nada que hacer, y mientras lo recorre va pensando que cuando la casa se quede huérfana del todo, quizás antes de lo temido, habrá que venderla, deshacerse de casi todos los muebles y objetos... y pareciera que también de casi toda su vida. Los dos volúmenes de la editorial Bruguera no se apartan de su retina. Ahora que lo piensa, son casi los únicos objetos personales que se trajo cuando se mudaron a esta casa. Su infancia  fue errando repartida en otras cuatro. La casa donde nació y vivió hasta los casi tres años, en la antigua judería, ya no existe, en su lugar se alza un edificio muy moderno, altísimo y desangelado. La segunda quizás haya corrido la misma suerte, estaba en una lejana ciudad del norte de la que se vinieron cuando contaba seis años y a la que jamás volvió. La otra, la de su abuela, sigue en pie, y también la cuarta, sita en una calle con nombre de Virgen valiente, pero desde que fueron vendidas jamás quiso pasar por ellas. Dolían.

 Se amalgaman de nuevo voces, imágenes y paisajes en sepia -ahora infantiles- como en un collage, pero nítidos y bien diferenciados. La muñeca nueva que mostraba a la niña de la casa de enfrente, en la judería, las vacas pastando en los "praos" de la ciudad norteña y el olor de la carbonería de la empinada calle perpendicular a aquella en que vivía, los gatos del patio interior ajardinado de la casa de la abuela, contra cuya voluntad ella y su hermano se empeñaban en tapar con papel de periódico cuando dormitaban para que estuvieran calentitos, la parte inferior de la mesa del comedor pintarrajeada con la barra de labios francesa de la "abu" y el grito de ésta al ver el estado en que había quedado la barra, las amiguitas sentadas en la escalera de madera de la casa de la Virgen, jugando a alumnas y maestros, resignadas ya a que la profe siempre fuese ella... Rastros de gorriones sobre la nieve dorada.

La hija cierra el portón de la casa que, seguramente, no tardará mucho en quedar huérfana, en tener que ser vendida. Pero sabe que no deja nada atrás, en ninguna de las que vivió quedó nada. Todas las historias están en ella. La única casa de una persona es uno mismo. Yo soy mi casa.

servido por lughnasad 8 comentarios compártelo

8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Salma

Salma dijo

Pasaré con calma, ahora solo quiero dejarte un achuchón bien fuerte y un beso gordo.

8 Febrero 2010 | 01:25 PM

usia

usia dijo

Efectivamente, todos las imágenes, todos los recuerdos... Están en nuestra memoria, ojala esa memoria, nunca la perdiéramos... Ahí está todo.

¡Besitos!

8 Febrero 2010 | 07:17 PM

Salma

Salma dijo

La clave de este sentir reside en la primera frase "La casa está fría, callada, ha perdido el alma."
Sí, las casas, los objetos, solo emanan calor cuando las voces, los gritos y las sonrisas corretean por los pasillos. Una casa tiene vida y alma, cuando las personas nos acomodamos en ellas y una vez que las dejamos vacías, sin nuestra esencia, solo son ladrillo y cemento.
Porque tienes toda la razón, porque tú eres tu casa, el alma habita en las personas, en ti, y abrazada a ella está la memoria que te acerca al pasado, a todo lo vivido en cada una de esas casas.
Le he dado muchas vueltas a la canción "Scarborough fair" porque una vez ésta misma la utilicé para algo que escribí pero la frase que a mi me atraía era "Parsley, sage, rosemary and thyme" (perejil, salvia, romero y tomillo) cada planta tenía un significado en la época medieval y parece ser que la letra hablaba de un hombre que pedía a su amada las cualidades y virtudes de esas plantas. Y tú sin embrago escogiste "Rastros de gorriones sobre la nieve dorada." y la asemejo a esa otra de "Aquellos maravillosos años", con el recuerdo y la nostalgia del pasado, de la niñez y de todos los lugares que habitaste durante un tiempo para dejar que ahora habiten permanentemente en ti cada uno de esas habitaciones, con sus libros, sus dibujos, sus canciones e incluso su dolor de muelas...
¿Sabes? Yo también he vivido en unas cuantas casas y todas y cada una de ellas están dentro de mi. Tanto que a veces en sueños salgo de mi casa actual y a dos pasos entro en la casa de mi abuela materna, teniendo en cuenta que están a más 400 km, es una maravilla soñar, jajaja...
Sí, me pasa mucho, sueño sobretodo con dos casas de mi pasado, de mi infancia y adolescencia. A veces tengo la sensación de que mi cabeza es una buhardilla con su baúl de los recuerdos intactos, y por la noche, dormida, es cuando se abre una ventanita y los recuerdos echan a volar un poquillo para airearse y regalarme los olores del pasado y luego volver en la mañana a su sitio de nuevo, je.
Algo tienes que tener muy claro y es que estoy segura que las paredes de muchas casas lloran tu ausencia, tu sensibilidad, tu cariño, algún que otro enfado y muchas sonrisas.
Pero solo son eso, casas, paredes y ventanas, nada comparado a la pureza de tu mirada, al calor de tus manos, al cariño de tus abrazos y a la paciencia de tus oídos... todo ello va en ti, equipamiento de serie bien completito, je.

Besotes guapa

16 Febrero 2010 | 04:05 PM

Madeleine  De Cubas

Madeleine De Cubas dijo

Es un post precioso y conmovedor, con el que fácilmente todos podemos identificarnos, mi queridísima amiga. Quienes hayamos ya recorrido buena parte de nuestras vidas, pudiéramos afirmar que en algún momento hemos experimentado algo similar a lo que describes aquí. Sí, las casas pierden el alma cuando el espíritu de quienes las habitaron no ronda más por sus rincones. Las cosas reciben las vibraciones de nuestros pensamientos y son nuestros pensamientos los que las transforman..., y no al revés. Creo que esto, tal vez con distintas palabras me lo dijiste una vez. Y las casas como las cosas sin el aliento, las risas, el amor de quienes las habitaron o las poseyeron sólo son objetos inanimados, vacíos, descascarados, sin significado alguno. Lo mismo que el corazón de un enamorado desengañado, abandonado y vencido.
Como te decía al principio es un post que me toca hondamente, comenzando por lo expresivo del título: "El rastro de los gorriones sobre la nieve dorada", qué mejor título para referirnos a nuestros más preciados e íntimos recuerdos. Eres ciertamente una maestra, querida Amparo.

Que sepas que siempre te llevo en mis pensamientos y en mis oraciones, querida amiga. Se te quiere. Un abrazo estrecho.

19 Febrero 2010 | 06:35 AM

lughnasad

lughnasad dijo

Todo está en nuestra memoria, Usía, toda nuestra vida e incluso esa vida paralela que a veces nos crean los falsos recuerdos. Las cosas, los objetos, solo son eso, cosas, objetos a los que prestamos un trocito de nuestra alma para que ellos también la tengan, en agradecimiento a su poder evocador, ese que tantas veces nos destapa el baúl de los recuerdos.

Besos para ti también... :-)

24 Febrero 2010 | 09:54 AM

lughnasad

lughnasad dijo

Así lo veo yo, Salma, las casas sin nuestra esencia son solo ladrillo y cemento. Muchas veces caemos en la tentación, y yo la primera, de considerar que tener que desprendernos de los objetos es una verdadera tragedia, porque en ellos se encierra nuestro pasado. No lo sentimos tanto por su valor crematístico como por su valor sentimental, y olvidamos que al fin y al cabo eso que llamamos “valor sentimental” no es algo objetivo, sino una creación de nuestra emotividad; las cosas solo son catalizadores de recuerdos, contadores de historias que conocemos desde siempre porque las hemos protagonizado, y esas historias no residen en los objetos, sino en nuestro corazón y nuestra memoria.

Una simple cajita de fósforos con una petición escrita en ella nos remite a tiempos lejanos, revive una parte de nuestro pasado en colores tornasol, incluso nos hace pensar qué distinta hubiera sido nuestra vida -para mejor o peor- si se hubiese accedido a esa petición. Pero aunque esa cajita se desintegrase, la historia sigue viviendo en nuestra mente. Es lo que intentaba concluir en este post, que no hace falta aferrarse a las cosas para que no desaparezcan nuestros recuerdos, éstos no necesitan el soporte físico de los objetos para perdurar, solo necesitan de nuestra memoria.

Yo también sueño con mis otras casas, sobre todo con la de la Virgen valiente... Y es curioso, siempre es el mismo sueño, o mejor dicho, la misma pesadilla... Subo por las escaleras de madera, y cuando llamo al portón me abre alguien que quiere hacerme daño. Bajo las escaleras corriendo, angustiada, de dos en dos, y esa persona me persigue. Cuando está para darme alcance me tiro por el hueco de la escalera intentando escapar a sus garras, siento una enorme sensación de vértigo y entonces despierto, con el corazón galopando. Seguro que un análisis freudiano de este sueño diría algo horrible sobre mí.. (risas)

Eres un cielo, Salma... :-) Yo más bien creo que las paredes de mis otras casas deben de haber respirado tranquilas cuando se fue Mari -terremoto de allí..je.. Si hasta me comía la cal de las paredes de casa de mi abu.. (risas)

Besazos, guapa.

24 Febrero 2010 | 10:04 AM

lughnasad

lughnasad dijo

Sí que hemos hablado alguna vez de este tema, mi querida Madeleine... Como decías, los que ya hemos vivido unos años compartimos vivencias de este tipo, y de vez en cuando surgen en las conversaciones.

Muchas veces recuerdo la casa de mi abuela, donde vivimos un tiempo; a pesar de mi mala memoria tengo ahora mismo presentes el tapiz del saloncito, las jamugas de cuero que rodeaban la bandeja moruna con patas que hacía de mesa de centro, la mesa también moruna que había junto al sofá, la alfombra, las paredes pintadas de ocre.... Todas podrían contar muchas historias sobre mi familia, sobre mí. En este momento parece que estoy viendo la tarta con que se celebró mi tercer cumpleaños, con sus velitas, y a mí misma soplándolas, la melenita corta, un jersey azul con pequeñísimos bordados en colores en la parte delantera... Cuando mi abuela falleció y sus hijos vendieron la casa no quise pasar más por delante, evitaba aquella calle. No llevaba muy bien que hubiese otros inquilinos, personas que “profanaban” los recuerdos que encerraban aquellas paredes, entre los que estaba una parte de mi vida. Hasta que me di cuenta de que ahora esos tabiques ya no contaban mis historias, sino las de ellos, sus nuevos habitantes. Cuando nos fuimos de allí todo quedó muerto, vacío, sin alma, porque esa que tenían se la habíamos prestado nosotros, y nosotros ya no estábamos.

La memoria de las cosas no es más que nuestra memoria.

El título no es mío, es una de las frases de la canción de Simón y Garfunkel que concluye el post. “Scarborough fair” no solo era uno de los temas que yo cantaba de jovencita con mi guitarra, su letra es una buena metáfora de los sentimientos que intentaba plasmar en este texto. Y esa frase en concreto, la mejor de esas metáforas.

Sé que estoy en tus pensamientos, mi querida amiga, como tú estás en los míos.  Un beso enorme, muy muy grande. Se te quiere.

24 Febrero 2010 | 10:32 AM

soyuncuentista

soyuncuentista dijo

Un texto hermosísimo, lleno de sentimiento y dulzura. Me ha encantado. Y comparto su fondo totalmente. Las cosas, las casas, todos los seres inanimados, son como esponjas que se empapan de nuestro vivir. Cuántas veces hemos depositado el caudal de nuestros recuerdos en una piedrita, en un colgante, en una foto, en una caja... Me viene a la mente un escritor que trata este tema de las cosas y del significado que cobran con nuestra presencia: Felisberto Hernández. Un par de cuentos: Nadie encendía las lámparas, historia de un cigarrillo.

4 Agosto 2010 | 12:25 AM

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