EL RASTRO DE LOS GORRIONES SOBRE LA NIEVE DORADA
La casa está fría, callada, ha perdido el alma. Hace 20 años, a principios de febrero, se fue su dueño, y ya no pudo volver. Hace unos días, a principios de febrero, también se ha ido su dueña, y parece como si la casa presintiera que seguramente tampoco volverá. La casa se siente huérfana.
La hija deambula por las habitaciones. En una se asegura de que la ventana está bien cerrada, en otra tira de la cisterna, o deja correr un grifo para que las tuberías no se deterioren, y en todas y cada una de ellas paredes, objetos y muebles con las señales del tiempo, como arrugas en rostros humanos, grabadas en sus rozaduras y esquinas desgastadas, le susurran historias que custodian desde hace más de 30 años. En su dormitorio de soltera aún adornan una de las paredes posters de los Beatles, Bob Dylan y Eric Clapton que dibujara ella misma, con más intuición que técnica, cuando era poco más que una quinceañera, recién mudados a aquel piso. Bajo esos dibujos dos guitarras, una clásica y otra acústica, resguardadas en sendas fundas de cuadros -escoceses, cómo no...- . Los dedos de la hija las repasan distraídamente, y el tacto espabila memoria y oído: la voz del silencio entona nítidamente "Let it be", "Blowing in the wind", "Scarborough fair" y otras canciones, como un eco de las que mucho tiempo atrás quinceañera y guitarra, cómplices, ensayaban en la intimidad de aquella habitación. Cuadernos repletos de cuentos e ilustraciones que su entonces fértil imaginación dictara, unos cuantos óleos pequeñitos que no pueden menos que despertar ahora la sonrisa en su autora, el comediscos regalo de su mejor amiga, muerta hace casi 20 años, discos de vinilo, casi todos con dedicatorias, una vieja caja de lata de bombones en que viven y conviven una envuelta de caramelo, un cigarrillo Fortuna, recortes de prensa de diversos cantantes, tres o cuatro pequeñísimas flores que sobraron de su tocado de novia y que metió en la lata minutos antes de partir para la iglesia, una cajita de fósforos vacía con una petición garabateada en su cara frontal, un poema de amor escrito con caligrafía masculina, filiforme, su tinta ya tan desvaída como el color del papel que le sirviera de soporte, otros tantos papeles cada uno de ellos poseedor de un nombre no escrito... Cerrar la tapa del buró no impide que la traspasen voces, imágenes y paisajes de otros tiempos flotando entre el sepia, la iridiscencia y el tornasol.
Sobre el escritorio, cinco estanterías atiborradas de libros. La mirada abstraída de la hija se detiene en los lomos de dos de ellos, "Historia de África" e "Historia de Norteamérica", de la colección infantil de Bruguera. Tienen poderes mágicos; el día que el dueño de la casa los trajo envueltos en bonito papel de regalo, cuando ella contaba 12 años, no era su cumple, ni su santo, solo un día en que sufría un fuerte dolor de muelas. La sorpresa consiguió borrárselo como por ensalmo.
¡La ventana...! Para eso había entrado en la habitación y casi lo olvida... Sí, está bien cerrada. La hija se encamina hacia el pasillo, ya no queda nada que hacer, y mientras lo recorre va pensando que cuando la casa se quede huérfana del todo, quizás antes de lo temido, habrá que venderla, deshacerse de casi todos los muebles y objetos... y pareciera que también de casi toda su vida. Los dos volúmenes de la editorial Bruguera no se apartan de su retina. Ahora que lo piensa, son casi los únicos objetos personales que se trajo cuando se mudaron a esta casa. Su infancia fue errando repartida en otras cuatro. La casa donde nació y vivió hasta los casi tres años, en la antigua judería, ya no existe, en su lugar se alza un edificio muy moderno, altísimo y desangelado. La segunda quizás haya corrido la misma suerte, estaba en una lejana ciudad del norte de la que se vinieron cuando contaba seis años y a la que jamás volvió. La otra, la de su abuela, sigue en pie, y también la cuarta, sita en una calle con nombre de Virgen valiente, pero desde que fueron vendidas jamás quiso pasar por ellas. Dolían.
Se amalgaman de nuevo voces, imágenes y paisajes en sepia -ahora infantiles- como en un collage, pero nítidos y bien diferenciados. La muñeca nueva que mostraba a la niña de la casa de enfrente, en la judería, las vacas pastando en los "praos" de la ciudad norteña y el olor de la carbonería de la empinada calle perpendicular a aquella en que vivía, los gatos del patio interior ajardinado de la casa de la abuela, contra cuya voluntad ella y su hermano se empeñaban en tapar con papel de periódico cuando dormitaban para que estuvieran calentitos, la parte inferior de la mesa del comedor pintarrajeada con la barra de labios francesa de la "abu" y el grito de ésta al ver el estado en que había quedado la barra, las amiguitas sentadas en la escalera de madera de la casa de la Virgen, jugando a alumnas y maestros, resignadas ya a que la profe siempre fuese ella... Rastros de gorriones sobre la nieve dorada.
La hija cierra el portón de la casa que, seguramente, no tardará mucho en quedar huérfana, en tener que ser vendida. Pero sabe que no deja nada atrás, en ninguna de las que vivió quedó nada. Todas las historias están en ella. La única casa de una persona es uno mismo. Yo soy mi casa.




Salma dijo
Pasaré con calma, ahora solo quiero dejarte un achuchón bien fuerte y un beso gordo.
8 Febrero 2010 | 01:25 PM