LA MEMORIA INMUTABLE

"Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha ".
Autorretrato. Prólogo de las Novelas ejemplares. Miguel de Cervantes

"Hombre de bien nacido para el mal, que ha tenido siempre y tiene, así en la corte como fuera de ella, muy grandes cargos de conciencia, dando de todos muy buenas cuentas pero no rezándolas; ordenado de corona pero no de vida...corto de vista, como de ventura; hombre dado al diablo, prestado al mundo y encomendado a la carne; rasgado de ojos y de conciencia..falto de pies y de juicio."
Autorretrato. Memorial a una academia. Francisco de Quevedo.
Siempre me gustó ahondar en la vida de los escritores. Me interesaba tanto como la obra, porque jamás se puede entender ésta del todo sin conocer la personalidad y motivaciones de su autor, el pensamiento de la época que los vio nacer, si no tienes presente que fueron hombres tan de carne y hueso como tú y como yo. Y yo intentaba ponerles la carne y el hueso, un rostro, expresión, no leer sus biografías como un simple relato, sino contextualizarlas en el mundo que les tocó, comprender cómo lo vivieron, cómo sintieron.... Y entender a esas personas antes que a esos autores.
Es curioso, hace unos años habría podido contar al detalle la vida y milagros de todos los clásicos españoles y la de muchos europeos y americanos; hoy solo me quedan tan presentes como ayer Cervantes y Quevedo. Me desaparecen las cosas de la memoria como si ésta fuese casa donde hay una mala criada; a veces solo queda de esas cosas la huella del sitio que ocuparon, como un paréntesis en el polvo que cubre la superficie. Llega un momento en que no estoy segura de nada, un momento en que parte de lo que se almacena aún en mi cerebro parecen ser recuerdos prestados, artífices de una vida paralela a la que de verdad he vivido y, por momentos, mucho más real que la real. Lo que aún no he olvidado es por qué Cervantes y Quevedo no me abandonan, como han ido haciendo casi todos los demás: son los dos que podría haber amado como hombres, no ya como escritores.
Siempre sentí una inmensa ternura por ese Cervantes de ojos alegres, rubiasco, como a mí me gustan, ni alto ni bajo, que yo soy pequeñita y no necesito más, idealista, soñador, soldado valiente hasta el heroísmo en Lepanto o en su cautiverio en Argel. Carne de deudas, de cárcel, de murmuraciones, hasta de lástimas, un hombre de esos que no nace con estrella sino estrellado, cuya sombra proyectada en las paredes no es la de su cuerpo sino la de la mala suerte, que le persigue allá donde va. Habría podido amarle, sí, con ese amor que es más de madre que de hembra, casi exento de pasión y sobrado de ternura que muchas mujeres sienten por sus parejas. De esos amores en que cada orgasmo obtenido con el hombre objeto de ellos resulta casi incestuoso.
Pero a Quevedo lo habría amado con locura, aun tan desgraciado como era físicamente, medio ciego, cojitranco y no muy bien hecho, aun aficionado en exceso a la bebida, fumador compulsivo y putañero impenitente. Habría amado al gran tímido que intuyo amparado tras el cinismo, el sarcasmo y su merecidamente mala reputación, al hombre sensible que se escudaba en la mordacidad y las procacidades de todo tipo, al que se erguía, agresivo y mortífero, en su no mucha estatura de caballero hasta parecer un gigante cuando en la corte intentaban convertirlo por su poca apostura en bufón enano, en otro bobo de Coria, a ese que amó al Amor pero nunca pudo amar a ninguna mujer, misántropo y dicen que misógino, atormentado y tormentoso, contradiciente y contradictorio, apasionado en todo, barroco hasta la médula del alma, o mejor dicho, de sus mil almas, cada una de un color, dotado de una inteligencia excepcional alimentada por la pasión por la lectura de todo tipo -hasta de los malos aprendía, decía él- y el estudio incesante.
A ese sí lo hubiera amado como una hembra... A Quevedo, uno de mis amores imposibles, el mayor de mis amores. El más imposible.




Madeleine De Cubas dijo
Hola querida amiga: Aunque he llegado un poco cansada de la Feria del Libro, fue tanta mi alegría cuando supe que habías actualizado tu bitácora, que aquí me tienes medio dormida, pero eso sí disfrutando de tu amena prosa, con la que en muchos puntos me identifico.
Estoy contigo: Elemental conocer al autor para amar aún más su obra, ubicarlo en su tiempo, hurgar en sus sentimientos, conocer a fondo su mundo, por lo que vivió y luchó. Es que en mi concepto Amparo, uno no puede amar o rechazar sino lo que de verdad conoce.
Lo que sí me hace gracia, mi pequeña idealista, y OJO que esto no es una crítica, son los escritores que te alborotan. Quevedo, tu Quevedo. Qué extravagancia, por Dios! Sé de tu "amor" por Quevedo porque creo que ya hace unos años nos lo habías manifestado. Creo que en esa ocasión te conté, que una biografía de él fue uno de los primeros libros que leí de pequeña. Me lo regaló la directora del colegio de premio como en tercero de primaria. Naturalmente, era una versión muy sencilla, que todavía recuerdo con detalles. El tipo era un personaje, pero un verdadero plomo, amiga. No hay duda que era misógino. Su definición de la mujer ideal era que fuera sorda, muda, ciega y no recuerdo qué más. No olvido su famoso duelo, sus poesías plagadas de malas palabras y porquerías, que hacía que me desternillara de risa. Bueno, pues sí un personaje, pero que a mí como hombre me luce un antídoto a la lujuria.
Me ha encantado tu post.
Besitos.
16 Noviembre 2010 | 05:50 AM