ATEMPORALIDAD

Cada minuto cuenta, cada día que pasa se ha ido para siempre y no se recuperará. El tiempo es oro, dicen, como oro lo valoramos y como a oro lo perseguimos, perseguidos a nuestra vez por las agujas del reloj. Quizás este domingo pude haber hecho algo que realmente mereciera la pena, algo que marcar en rojo en el calendario de mi vida, pero no ha sido así. La semana ha estado más ajetreada de lo normal, y hoy el cuerpo, quizás en un intento de recuperar sueño atrasado, pide cama. Tan tarde nos levantamos que, cuando han llegado mis amigas a recoger a la niña para llevarla a la casa del campo a pasar el día con sus hijos, nos han encontrado aún en bata y pijama. El cielo amaneció gris, hecho uno con un mar ceniciento, sombrío y colérico; el viento - frío y húmedo - viene tirando fuerte de nubes negras preñadas de amenaza de lluvia. Es de esos días en que apetece quedarse en casa, y con esa intención continuamos desde que abrimos los ojos.
En cuanto han desaparecido por las puertas niños y adultos la casa se queda en silencio, pareciera que suspirase aliviada por la tranquilidad y nos pidiese a nosotros dos no alterarla. Casi nos llegamos a sentir malos padres cuando, al unísono, exclamamos: “¡¡Libres!!” Pero la sensación de culpa apenas dura unos instantes; nos merecemos un poquito de relax de vez en cuando, y hacía tanto que no lo teníamos....
Aún no hemos desayunado, y eso que se acerca ya la 1 de la tarde, aunque la aguja corta del reloj del salón señala las 2. Desde que me levanté, cada vez que lo he mirado tenía que recordar que estaba una hora adelantado, y el saber que contaba con esa hora más de la que marcaba, que era mía, me producía la eufórica sensación de ser yo la dueña del tiempo, del reloj, no ellos de mí, como de costumbre. Y decidí convertir el resto del día en un magma absolutamente atemporal, en el que solo marcaran pautas las apetencias que nos fueran surgiendo. Hoy no habrá horarios porque no habrá obligaciones, nada que planificar, ni priorizar, ni objetivos que cumplir, nada que no se pueda posponer para mañana o pasado… Ni siquiera la regularidad en comidas y hábitos que impone el que haya una niña pequeña en casa. Una tostada con queso y un café constituyen un buen desayuno, pero si añades una fruta y un yogur ya has almorzado. Más o menos, ¿no…? Nos apoltronamos en el sofá, frente a la tele, bien arropados por la falda de la camilla, al calor del braserito que desafía al viento malhumorado y gris que sopla fuera, y dispuestos a ver cuantos episodios de series y películas grabados en un pen drive nos aguantase el cuerpo, a comer cuando hubiese ganas, sin reglar las comidas, sin encender la vitro. ¡A la porra la dieta! La cafetera está llena, el frutero rebosa, siempre se puede hacer un sándwich rápido, incluso unas palomitas en el microondas. ¿Qué mejor acompañamiento para una sesión maratoniana de cine…?
Las horas van pasando lentas (o ni siquiera pasan, no sé), fundidas con las escenas que desfilan por el televisor, con nuestros comentarios sobre ellas o sobre cómo estará la niña, o sobre lo gustoso de no hacer nada. Bueno, exactamente nada no… La superficie de la camilla está llena de pequeños tornillos de un viejo portátil que él, incapaz de hacer una sola cosa a la vez, ha desmontado para arreglarlo mientras ve - o más bien escucha - la peli.
Un relámpago seguido de un fuerte trueno nos da la excusa perfecta para apagar la tele. Ya apetecía… Salimos a la terraza a contemplar la tormenta y la lluvia recia que azota edificios, mar, las palmeras que pespuntean el Paseo Marítimo. Ay, la niña... Llamamos a nuestras amigas y nos dicen que está en el porche acristalado, contemplando entusiasmada el temporal, ni siquiera quiere ponerse al teléfono por no perderse nada del espectáculo. La traerán de vuelta cuando la lluvia amaine.
En mitad del aparato eléctrico desatado, un rayo se recorta contra el fosco cielo. Zeus continúa poseyendo su rayo... Y pienso que todo está bien. Y si ahí arriba todo está bien, aquí abajo también.
Ahora que empieza a declinar el día, a duras penas entre el parloteo incesante de la niña se abre paso en mi mente la sensación de que sí he hecho algo que merezca la pena ser marcado en rojo en el calendario de mi vida: no hacer nada, eso que llaman los italianos el "dolce far niente", perder el tiempo a conciencia, ser yo la dueña del tiempo y no él de mí.




Mayca dijo
Pues yo creo que sí, que debes marcar el calendario porque a las madres tomar la decisión de renunciar a esos horarios, a esas pautas, obligaciones que se hacen encantadas de la vida pero al fin y al cabo obligaciones que nos quitan tiempo y, a veces, no nos quedan ni segundos siquiera para nosotras, para cosas tan simples como tirarnos en el sofá sin horarios, tomarnos un café con alguien para hablar unos minutos seguidos sin que un pequeño ser diga: ¡Mami!, incansablemente porque no se siente lo suficientemente atendido... sí, nos cuesta trabajo tomar esas decisiones e incluso nos sentimos culpables pero es necesario, tenemos que desconectar de vez en cuando y dedicarnos unos minutos o unas horas para nosotras, para que nuestra autoestima se mantenga y nuestra paciencia y resistencia no se pongan a prueba así que sí, márcalo en el calendario porque ese día fuíste capaz de recargar tus pilas inagotables de la manera más simple y no por eso menos importante.
Un abrazo muy grande.
12 Diciembre 2010 | 12:29 AM